²“*Ex* cuñada,” corrigió Patricia.
Se fueron dejándome con los papeles sobre la mesa. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, abrazada al cojín del sofá donde mamá Lucía se sentaba a tejer mientras yo cocinaba.
Durante dos semanas llamé abogados. Todos me dijeron lo mismo: sin un documento que probara el acuerdo con mamá Lucía, la ley estaba de su lado.
Al día veintiocho, Ramiro volvió a tocar.
“Se acaba el tiempo.”
“Lo sé,” dije. Pero esta vez no lloré. “Tengo una pregunta.”
“¿Cuál?”
“Legalmente, el terreno es suyo. Pero ¿qué dice la ley sobre la casa? Sobre *mi* casa.”
“Que es nuestra también.”
“Exactamente,” sonreí por primera vez en semanas. “Es suya. Pero también fue mía. Y yo tengo todos los recibos que prueban que *yo* la pagué.”
“¿Y?”
“Que si no es mía, tampoco será suya.”
Me miró confundido.
Al día siguiente, llegué con la excavadora.
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