²Mi suegra falleció y cómo construimos nuestra casa en el terreno, sus hijos me echaron. Yo era viuda.
La tarde en que enterramos a mamá Lucía, llovió tanto que el cementerio parecía un lodazal. Ramiro y Patricia lloraban como si el mundo se acabara, y yo también. Había perdido a la única madre que tuve después de que la mía muriera cuando yo tenía quince años.
Catorce días después, tocaron a mi puerta.
“Necesitamos hablar,” dijo Ramiro, sin siquiera saludar. Patricia estaba detrás de él, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que no le había visto nunca.
“Pasen,” les dije, todavía en pijama. Desde que murió mamá Lucía no había tenido ganas de vestirme bien. “¿Café?”
“No vamos a quedarnos mucho,” Patricia entró como si la casa le quemara los pies. *Mi* casa. La que construí con Roberto durante cinco años de ahorro, ladrillo por ladrillo.
Se sentaron en la sala. Ramiro carraspeó.
“Mira, esto es incómodo, pero… el terreno era de mamá.”
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