²
“Lo sé,” respondí, confundida. “Ella nos dio permiso a Roberto y a mí para construir. Estaba tan feliz cuando terminamos la casa…”
“El permiso lo dio verbalmente,” interrumpió Patricia. “No hay nada por escrito.”
El corazón empezó a latirme más rápido.
“¿A dónde quieren llegar?”
Ramiro sacó unos papeles de la carpeta.
“Nosotros heredamos el terreno. Y legalmente, todo lo que está construido sobre un terreno pertenece al dueño del terreno.”
“Están bromeando.” Me reí, pero ninguno de los dos sonrió. “¿Verdad? Digan que están bromeando.”
“Consultamos con un abogado,” continuó Patricia. “Tienes treinta días para desocupar.”
Me quedé paralizada. Las paredes empezaron a girar.
“Roberto murió hace tres años. Yo… yo seguí pagando todo sola. La hipoteca del material, el albañil, todo. ¡Esta casa me costó doscientos mil dólares!”
“Lo sentimos,” dijo Ramiro, pero su cara decía lo contrario. “Pero necesitamos vender. Patricia tiene deudas y yo quiero poner un negocio.”
“¡Mamá Lucía me prometió…!” se me quebró la voz.
“Mamá prometió muchas cosas,” Patricia se paró. “Pero ya no está aquí para cumplirlas.”
“Puedo pagarles el terreno,” supliqué, odiándome por hacerlo. “Denme tiempo, consigo un préstamo…”
“Ya tenemos comprador,” Ramiro también se levantó. “Un señor que quiere comprar todo: terreno y casa. Nos ofrece buen dinero. Treinta días, cuñada.”
ADVERTISEMENT