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Parte 2:
—Eduardo no tiene fideicomiso familiar —respondí, sosteniendo su mirada con una calma tan controlada que casi resultaba peligroso—. Tiene un sueldo… un sueldo que yo autorizo cada mes.
El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso. Casi físico.
Los ojos de Eduardo se abrieron de par en par, como si por primera vez estuvieras viendo una versión de mí que nunca quiso imaginar.
—Lucía… no hagas esto —dijo, forzando una sonrisa que ya no le pertenece—. Piensa en la fusión Salgado-Hernández. En todo lo que hemos construido.
Incline ligeramente la cabeza.
—La fusión murió, Eduardo.
No eleve la voz. No hizo falta.
Saqué de mi bolso una tableta negra con un sello rojo digitalizado. El gesto fue lento, deliberado, casi ceremonial. Toque la pantalla una sola vez.
Y entonces el mundo de Eduardo dejó de ser suyo.
Su celular, apoyado sobre el cargador, empezó a vibrar sin descanso, como si el aparato estuviera intentando escapar de la realidad que acababa de activarse.
En la pantalla, uno tras otro, los mensajes corporativos aparecen como sentencias:
ESTATUS CORPORATIVO: REVOCADO.
ACTIVOS CONGELADOS.
ACCESO BANCARIO DENEGADO.
AUDITORÍA FORENSE EN PROCESO.
Eduardo dio un paso hacia atrás.
No entiendo todavía que el problema ya no era económico. Era estructural.
—Desde las 8:20 de esta noche —dije con precisión absoluta, mirando la hora en mi propia tableta— vales exactamente cero pesos. No eres dueño del coche, ni de la oficina… ni siquiera de esta casa.
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