Volví a casa antes de tiempo para sorprender a mi esposo, sin imaginar que la sorpresa sería, en realidad, para mí.
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Hice una pausa breve. Apenas un segundo.
—Mi padre no la dejó “para nosotros”. La dejó en un fideicomiso que yo administro desde hace tres años.
Levanté la mirada.
—Has estado viviendo en una zona segura… que acaba de convertirse en una sala de interrogatorios.
El aire cambió.
No hubo gritos. No hubo resistencia inmediata. Solo ese instante en el que alguien comprende que ya perdió, pero su cuerpo todavía no ha recibido la orden de aceptarlo.
El final inesperado no fue verlo salir bajo la lluvia.
Aunque eso también ocurrió.
Eduardo cruzó la puerta minutos después, con la toalla aún en la cintura y un abrigo prestado que ya no le pertenecía a nadie. Afuera, la noche lo tragó sin ceremonia.
Mariana, en cambio, no se fue con él.
Ocurrió diez minutos después.
Estaba en la entrada, inmóvil, como si la casa hubiera dejado de sostenerla. Tenía los ojos enrojecidos y en las manos sostenía la bata de seda blanca.
—Lo siento… —susurró, casi sin aire—. Yo no sabía nada. Él me dijo que tú eras la que lo hacía miserable.
Miré la bata.
Era mía. Había sido mía. Y, sin embargo, en ese momento no significaba absolutamente nada.
Nada que tocara las mentiras de Eduardo merecía permanecer conmigo.
—Quédate con ella —dije con frialdad contenida—. La vas a necesitar más que yo.
Mariana tragó saliva.
—¿A dónde voy ahora?
Mi respuesta no tardó.