Mateo Salgado, un sirviente sencillo y dedicado, trabajaba en la misma granja. Tenía solo veintiséis años: callado, modesto y siempre concentrado en su trabajo.
Pero Valeria solo lo conocía por los susurros entre los trabajadores:
—«Mateo tiene mala fama».
—«Tiene tres hijos».
—«De tres mujeres diferentes».
—«Por eso tuvo que irse del pueblo donde nació».
Mateo enviaba a casa casi todo su sueldo cada mes. Cuando alguien le preguntaba:
—«¿A quién le envías todo ese dinero?»
Sonreía tímidamente y respondía:
—A Rashidu, Moncho y Lupita».
Y no se decía nada más.
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