Debería haberme ido.
Eso es lo que habría hecho cualquiera con la mente clara. Salir por la puerta trasera, recoger mis cosas y desaparecer antes de que alguien se diera cuenta. Podría haber llamado a mi hermano, Michael, y pedirle que viniera a buscarme, que me sacara de allí antes de que los invitados siquiera comprendieran lo que había pasado. Podríamos haber conducido lejos, a cualquier parte, y empezar de nuevo, dejando atrás a Ethan, sus mentiras y todo aquel desastre.
Pero no me fui.
Mientras estaba allí, temblando en el silencio de la suite nupcial, una verdad dolorosa cayó sobre mí como una niebla espesa: si me iba, Ethan controlaría la historia. Le diría a todos que entré en pánico. Que me había vuelto loca por las hormonas del embarazo. Que lo humillé sin motivo.
Y le creerían. Ethan siempre había sido bueno convenciendo a la gente. Tenía una forma de hablar que hacía que las mentiras sonaran razonables, incluso plausibles. Ya lo había hecho antes. Podría darle la vuelta a esto, hacer parecer que mis actos eran los de una mujer histérica incapaz de soportar la presión.
No, no iba a dejar que hiciera eso.
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