Ethan se giró hacia ella tan rápido que casi pareció violento. Tenía la mandíbula apretada y los puños temblando a los lados. Parecía un hombre atrapado en una mentira de la que ya no podía escapar.
“Vanessa, ahora no”, murmuró, con una voz baja y cargada de advertencia.
Pero Vanessa ya no tenía miedo. Su rostro se endureció y los ojos se le estrecharon con furia.
“No, Ethan. Ahora mismo”, exigió. Su voz estaba cargada de una firmeza definitiva. “Nos mentiste a las dos. Nos usaste a las dos. Y ya terminé de fingir que no lo veo.”
Pude sentir el cambio en la sala. El peso de las palabras de Vanessa pareció caer sobre todo como una manta pesada y sofocante. La fachada cuidadosamente construida de Ethan empezaba a resquebrajarse. Su mundo se estaba derrumbando delante de todos, y no había escapatoria.
Miré a la audiencia y vi en sus rostros la mezcla de shock, confusión e incredulidad. No era solo Ethan el que había quedado expuesto. Todos habíamos formado parte de aquella representación retorcida. Y ahora el telón había caído.
Volví a mirar a Ethan, que seguía allí de pie, sin palabras, con los ojos abiertos por el pánico. Era casi patético ver lo rápido que se le desmoronaba el encanto habitual.
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