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Su MADRASTRA Quería Humillarla, OBLIGÁNDOLA a casarse con un MENDIGO… y ÉL cambió todo…

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“Señorita, prosiguió el abogado, ¿usted dispuesta a formalizar su permanencia si la otra parte renuncia al reclamo?” Mercedes apretó la mandíbula. No lo esperaba. Pensó que el papel sería suficiente para sacar a Isabela de su vida una vez más. “Sí. respondió Isabela sin dudar. Si ella cede, yo me comprometo a legalizar el terreno a mi nombre y continuar trabajando como hasta ahora.

El silencio duró varios segundos. Mercedes bajó la mirada. La seguridad que trajo se desmoronaba. El abogado no estaba de su lado, la ley tampoco. Y lo que más la incomodaba era saber que no tenía con qué seguir luchando. Entonces, ¿debo renunciar? Usted puede insistir”, dijo el abogado con neutralidad, “ero sepa que la comunidad sabe quién ha hecho qué en ese terreno y eso pesa aunque usted no lo quiera.

” Mercedes no respondió, tomó su carpeta, la cerró con brusquedad y se levantó. “Haré lo que considere justo, pero no me voy a hundir con esto.” Salió de la oficina sin despedirse. El portazo retumbó unos segundos. Isabela se quedó quieta. El abogado la miró. Le recomiendo comenzar el trámite cuanto antes.

Usted ha hecho mucho más de lo que cualquier documento podría reflejar. Gracias, respondió. No quiero quedarme con nada que no haya ganado. Y eso, dijo él, es exactamente lo que la hace distinta. Tomás le tocó suavemente el brazo. Salieron juntos. Afuera, el calor era fuerte, pero ya no pesaba igual. Caminaban sin hablar, con pasos firmes.

En el trayecto de regreso pasaron por la plaza. Un par de vecinos lo saludaron con respeto. “Todo bien, Isabela.” “Todo en orden”, dijo ella con una leve sonrisa. Tomás le cargó la bolsa con los documentos. No dijeron mucho, pero el silencio que compartían ya no era de miedo, era de propósito.

Al llegar a la cabaña, Isabela dejó los papeles sobre la mesa, se sentó a observar sus plantas, acarició una hoja nueva que brotaba. “Esto también va a crecer”, murmuró. “Y ahora lo haría sin permiso, sin miedo y sin que nadie se lo pudiera quitar. El sol brillaba alto, pero la plaza no se detenía. Era el día de la feria y el pueblo estaba de fiesta.

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