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Isabela, parada detrás de su puesto, ofrecía productos con una sonrisa serena. El cartel decía semillas de esperanza. Había llegado temprano con Tomás. Juntos decoraron el espacio con flores secas, ramas de romero y cintas hechas a mano. El aroma de albahaaca, cilantro y menta llenaba el aire. En la mesa, los frascos de salsas y conservas brillaban bajo el sol.
Las cestas estaban llenas de frutas. Todo había sido cultivado por ella, todo con sus manos. ¿Eres tú la que hace estas mermeladas?, preguntó una mujer con sombrero. Sí, respondió Isabela. Todo viene del huerto. Están deliciosas. Mi hija se llevó tres la semana pasada. Otra clienta se acercó. Era doña Elvira.
Llevaba un vestido floreado y una canasta vacía. se detuvo frente al puesto con una sonrisa cálida. Tanto trabajo se nota, hija. Esto no es casualidad, esto es disciplina. Isabela se sonrojó. Gracias, doña Elvira. Intentamos mantenerlo bonito, ¿no? Bonito, mi hija. Lo han hecho con alma y eso se siente.
Aquí no se viene a comprar cosas, se viene a aprender a resistir. Tomás, desde un costado acomodaba los racimos de plátano. Sonríó sin intervenir. Sabía que cada palabra tenía más peso que cualquier moneda. Una joven del pueblo se acercó con una libreta. ¿Puedo tomar una foto para el boletín? Queremos destacar a quienes han transformado nuestra comunidad desde el trabajo.
Isabela dudó por un segundo, luego asintió. Claro. Gracias por pensarlo. Posó tímidamente con las manos sobre una cesta de tomates. La fotógrafa capturó el momento. Vamos a ponerle de título. Isabela, raíz firme. Está bien. Está perfecto. Respondió. Durante horas la gente pasó, preguntó, compró. Algunos se quedaban solo a hablar, otros regresaban por segunda vez.
Un par de niños le regalaron un dibujo de su puesto con ella sonriendo. Tomás recibió las monedas, anotó los montos en la libreta sin hacer ruido. Era el respaldo constante. No necesitaba aplausos. Bastaba con ver cómo la gente miraba a Isabela. ¿Y todo esto lo lograste tú sola? le preguntó un señor mayor. Con trabajo y con alguien que nunca me soltó, dijo mirando a Tomás.
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