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—Sí —dije—. Porque no me escuchabas.
Miró a Maya, luego a la vía intravenosa en su brazo, al pálido brillo de su rostro, al miedo en sus ojos.
Por un instante, pensé que la culpa podría aflorar.
En cambio, dijo: «Esto es ridículo».
La habitación quedó en silencio.
Incluso la enfermera que estaba junto a la puerta dejó de moverse.
Maya lo miró con una expresión que jamás había visto.
No era miedo.
No era tristeza.
Era reconocimiento.
Como si, en ese instante, comprendiera exactamente quién era su padre.
Entonces regresó el Dr. Lawson.
No miró a Robert. Solo me miró a mí.
«La tomografía computarizada confirma una gran masa abdominal», dijo. «Nos hemos puesto en contacto con cirugía pediátrica y oncología. Tendremos que trasladar a Maya esta noche».
Me zumbaban los oídos.
Robert palideció.
¿Oncología?, repitió.
El Dr. Lawson finalmente se volvió hacia él. «Sí».
Por primera vez, mi esposo no tenía ningún comentario cruel preparado.
Maya susurró: «Mamá…»
Me incliné sobre ella. «Estoy aquí, cariño».
Pero ella no me miraba.
Miraba a Robert.
Y entonces pronunció las palabras que dejaron a todos helados en la habitación.
«Papá lo sabía».
El rostro de Robert cambió.
No era sorpresa.
No era confusión.
Miedo.
«¿Qué?», susurré.
Los labios de Maya temblaron. «Sabía que estaba enferma».
Robert dio un paso al frente. «Está confundida».
«No», dijo Maya, con voz más firme. «Te lo dije. Hace semanas. Te lo demostré».
Mi corazón latía con fuerza.
«¿Le demostraste qué?».
Maya apartó la mirada.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
«La carta».
Robert apretó la mandíbula.
«¿Qué carta?», pregunté.
Maya tragó saliva con dificultad.
«La de la enfermera de la escuela. Me dijo que necesitaba ver a un médico de inmediato. Dijo que algo andaba muy mal».
Me volví hacia Robert.
Él evitó mi mirada.
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