Llovía torrencialmente cuando Alex aparcó su Mercedes negro cerca de la entrada del cementerio. Habían pasado exactamente seis meses desde el día en que su vida, junto con la de su hijo, había terminado.
Seis meses atrás, el autobús escolar había sufrido un terrible accidente: chocó con un camión y se incendió. Ningún niño sobrevivió. Los padres solo recibieron lo que se pudo rescatar del fuego, y un ataúd pequeño con el nombre de su hijo fue enterrado.
Alex salió del coche con un ramo de rosas rojas. Sus zapatos caros se hundieron inmediatamente en el barro, pero no le importó. Desde aquel día, ya no le importaba su aspecto ni dónde pisaba. Lo único que hacía, semana tras semana, era venir aquí y quedarse junto a la tumba para no derrumbarse por completo.
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