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Dos días después, doña Estela volvió a detenerme.
Esa vez no llevaba mandil. Ni siquiera fingio que habia coincidido conmigo por casualidad.
—Hoy fue más fuerte —me dijo, apenas me vio bajar del coche—. La niña gritaba: “Por favor, basta”.
Algo cambió ahí. Ya no sonó una confusión. Sonó una insistencia. Una certeza.
—Le estoy diciendo que en mi casa no hay nadie —respondí, pero mi voz ya no traía la misma seguridad.
—Entonces tal vez no sabes quién sí está entrando.
No dormí bien esa noche. Tampoco la siguiente. Empecé a recordar detalles que antes había dejado pasar. Lucía moviendo la comida de un lado a otro del plato. Lucía diciendo que no tenía hambre. Lucía cerrando la puerta de su cuarto apenas llegaba. Lucía pidiendo quedarse en casa un lunes por “dolor de estómago” y luego levantándose aparentemente bien al mediodía. Lucía saltándose el desayuno. Lucía bajando la mirada demasiado rápido cuando uno le preguntaba algo simple. No eran señales nuevas. Lo nuevo era que, por primera vez, ya no podía acomodarlas dentro de la palabra adolescencia.
Así que al día siguiente hice algo que me habría parecido ridículo si me lo hubiera contado con otro hombre.
Salí de casa como siempre. Tomé café sin hablar. Lucía bajó con el uniforme, la mochila al hombro, y me dijo adiós con ese tono automático que ya se había vuelto costumbre. Verónica salió quince minutos después. Yo subí a la camioneta, di la vuelta a la manzana y tomé rumbo como si me fuera al trabajo. Maneje tres calles más, me estacioné frente a un taller cerrado y esperé con las manos apretadas sobre el volante.
Quince minutos. Veinte. Treinta.
El sol apenas empezaba a endurecerse sobre los techos de lámina. Sentí una mezcla insoportable de vergüenza y alarma. Vergüenza de estar espiando mi propia casa. Alarma de no hacerlo.
Regresé por la calle de atrás. Entré por la puerta del patio con la llave, cuidando cada ruido. El lavadero estaba húmedo. La escoba recargada donde siempre. El refrigerador zumbando como si el mundo entero fuera normal. Subí las escaleras descalzo. Revisado el baño, el cuarto de Lucía, la sala. Nada. Todo tranquilo. Todo limpio. Todo absurdo.
Entonces me metí a mi recámara y, sin permitirme pensar demasiado, me arrodillé junto a la cama matrimonial y me escondí debajo.
Todavía recuerdo el olor del polvo, la madera vieja, la tela guardada. El espacio era más angosto de lo que imaginaba. Tuve que pegar un hombro al piso y girar un poco la cabeza para respirar mejor. Veía apenas la franja de luz que se filtraba por debajo del cubrecama. Me quedé ahí inmóvil, sintiendo cómo cada minuto me iba quitando dignidad.
Diez minutos.
Membrillo.
Casi media hora.
Empecé a pensar que estaba loco. Que doña Estela había exagerado. Que yo iba a salir de ahí con las rodillas entumidas y el orgullo hecho pedazos por una tontería.
Entonces escuché abrirse la puerta principal.
No fueron pasos de ladrón. Tampoco pasos de adulto. Fueron pasos ligeros, conocidos, subiendo la escalera con cuidado. Se detuvieron en el pasillo. Luego entraron al cuarto.
El colchón se hundió apenas sobre mi cabeza.
Alguien se había sentado en mi cama.
Y entonces escuché el primer sollozo.
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