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—Diego…
Ahí supe que ella tampoco sabía todo. Sabía la mentira de la casa, claro. La disfrutó. Pero no sabía que su hijo estaba dispuesto a hundirme financieramente para comprarle su nuevo trono.
Diego tartamudeó:
—Yo pensaba pagarlo antes de que te dieras cuenta. Era una inversión. Mi mamá necesitaba estabilidad.
Sentí una calma rara. Ya no me dolía como antes. Era como ver a un desconocido tratando de ponerse la cara de mi esposo.
—Tu mamá me quemó con agua hirviendo —le dije—. Y tú intentaste premiarla con un departamento usando mi crédito.
El oficial se acercó.
—Señora Valeria, ¿quiere proceder con la denuncia?
Graciela empezó a llorar. Pero no era arrepentimiento. Era miedo.
—Valeria, por favor —dijo Diego—. No destruyas mi vida.
Casi me reí.
—Tú destruiste la nuestra cuando decidiste que mi trabajo, mi casa y mi seguridad valían menos que tu ego.
Procedí.
Graciela salió escoltada, con dos maletas enormes y la cabeza todavía levantada, aunque los vecinos ya miraban desde las ventanas. Antes de subir al coche de su hermana, me gritó:
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