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PARTE 2: “¿Por qué llamó a la policía?”, pregunté mirando la libreta sobre el mostrador. “¿Hice algo malo?”
Teresa salió de detrás del vidrio y bajó la voz.
“No, señorita Valdés. Pero esta cuenta tiene instrucciones especiales.”
“¿Qué tipo de instrucciones?”
Minutos después apareció la gerente de la sucursal, Claudia Mendoza, una mujer seria con traje gris y el cabello recogido. Me llevó a una oficina pequeña, con paredes de cristal esmerilado, y puso la libreta sobre el escritorio como si fuera una prueba judicial.
“Su abuela abrió esta cuenta cuando usted era niña”, explicó. “Dejó órdenes por escrito: si algún día usted llegaba con la libreta original, debíamos confirmar su identidad, avisar a las autoridades y resguardar todos los documentos relacionados.”
“¿Resguardarlos de quién?”
Claudia no respondió.
No hacía falta.
“De mi papá”, susurré.
Su silencio lo confirmó.
Se me secó la boca.
“¿Qué hizo?”
Claudia respiró hondo.
“Intentó cerrar esta cuenta tres veces. La primera presentó un acta de defunción a nombre de Sofía Valdés Robles.”
Sentí que el aire me abandonaba.
“Eso es imposible. Yo estaba viva.”
“Tenía trece años”, dijo ella. “El acta era falsa. Su abuela vino al día siguiente con usted en persona, llorando, y exigió que jamás se liberara nada sin su presencia física.”
Un recuerdo me golpeó.
Mi abuela apretándome la mano dentro de un banco.
Una cajera regalándome una paleta de cajeta.
Mi abuela llorando en el microbús y diciendo que era “alergia al polvo”.
Mi papá había intentado borrarme.
Antes de que pudiera hablar, entraron dos agentes. Una de ellas, la comandante Vanessa Ríos, me aclaró que no estaba detenida.
“La alerta era para protegerla”, dijo.
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