²
PARTE 2: En la oscuridad de mi coma, hubo noches en que deseé no escuchar nada.
Pero escuchaba todo.
Una madrugada, Fernanda llegó al hospital con tacones. Su voz resonó cerca de mi cama.
“Diego, esto ya es ridículo. Tu mamá no va a despertar. Mis papás no tienen a dónde ir y esa casa está desperdiciada. Habla con un abogado. Haz algo.”
Diego contestó cansado:
“Ya hablé con un notario conocido de tu papá. Dice que se puede hacer un documento de comodato, como si mi mamá hubiera autorizado que vivieran ahí.”
Fernanda soltó una risa bajita.
“Pues hazlo. Ella ni se va a enterar.”
Esa frase se me quedó clavada.
Ella ni se va a enterar.
Cuando el hospital por fin me dio de alta, Diego quiso recogerme, pero yo no le contesté. Llamé a mi vecina de toda la vida, doña Lupita, una mujer de setenta y ocho años que lloró como niña cuando me vio en silla de ruedas.
“Teresa, hija, tu casa parece otra”, me dijo con rabia. “Esa gente se metió como si fueran dueños.”
Me llevó a su casa. Me dio caldo, una cama limpia y silencio.
Al día siguiente, por medio de una trabajadora social, contacté al licenciado Arturo Medina, un abogado de oficio con lentes gruesos, traje gastado y mirada afilada.
Le conté todo.
No lloré.
Ya había llorado por dentro durante seis meses.
El licenciado fue al Registro Público y revisó papeles. Esa tarde me llamó con la voz seria.
“Doña Teresa, su hijo no vendió la casa, porque no podía. La escritura sigue a su nombre. Pero falsificaron su firma en un contrato de comodato por dos años.”
Sentí náuseas.
“También aparece un notario que ya tiene quejas por documentos irregulares. Esto es fraude, despojo y falsificación.”
Mi propio hijo.
El niño al que cargué dormido cuando tenía fiebre.
El joven por el que empeñé mis aretes para pagar su inscripción.
Había falsificado mi firma.
Esa misma tarde, apoyada en mi bastón, caminé hasta la esquina de mi calle. Me escondí detrás de una camioneta y miré mi casa.
Ya no era color crema.
La habían pintado de un gris brillante y horrible.