Mi hijo congeló todas mis tarjetas para que ni siquiera pudiera comprar comida… Pensó que ya controlaba nuestro imperio automotriz de 720 millones de pesos, hasta que una llamada del banco me reveló que él no tenía idea de quién seguía teniendo la última llave.
²
Sentí el golpe en el estómago, aunque ya lo sabía.
“¿Y Fernanda?”
Marina señaló varias facturas.
“Su empresa de imagen cobró del grupo casi dieciocho millones en tres años. Consultoría, eventos, estrategia digital… pero no hay entregables claros. Y mira esto.”
Sacó una hoja marcada con amarillo.
Era una carta de intención para vender tres agencias a un fondo privado.
El comprador tenía como representante a un tal Rodrigo Castañeda.
El apellido me hizo ruido.
“¿Castañeda?”, murmuré.
Marina me miró fijo.
“¿Lo conoces?”
Me tardé unos segundos en recordar.
Rodrigo Castañeda era hermano de Fernanda.
Sentí frío en la nuca.
No era solo mi hijo tratando de controlarme.
Era una familia entera rodeando lo que Tomás y yo habíamos construido.
Entonces Ricardo recibió una llamada, salió un momento y regresó con la cara tensa.
“Señora Beltrán, acaban de intentar entrar otra vez al fideicomiso.”
“¿Desde dónde?”
Miró la pantalla.
“Desde la computadora ejecutiva de su hijo, en la oficina principal del grupo.”
Marina se levantó despacio.
“Perfecto”, dijo. “Que siga intentando. Ahora sí nos está dejando huellas.”
Y por primera vez en todo el día, entendí algo.
Alejandro no solo me había traicionado.
También se estaba hundiendo solo.
Continuará en los comentarios
[rotated_ad]