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La silla de ruedas golpeó la puerta de cristal con más fuerza de la que ella pretendía.
El crujido resonó por el pequeño restaurante italiano, agudo y repentino, silenciando los tenedores en el aire y ahogando las risas en un silencio denso e incómodo. Por un instante, todas las cabezas se volvieron hacia él.
Elena Morales sintió un calor que le subía por el cuello.
Retrocedió con cuidado, ajustó el ángulo y lo intentó de nuevo. Esta vez logró pasar por la puerta, aunque el caucho de su rueda rozó el marco metálico con un sonido de arrastre que la delató con más fuerza que cualquier presentación.
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