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Durante décadas escuchamos la misma advertencia: lo frito hace daño, lo saludable es solo hervido o al vapor. Médicos, dietas de moda, televisión y revistas repitieron ese mensaje hasta convertirlo en una creencia casi absoluta. Pero la realidad es más compleja. No todo lo frito es perjudicial; muchas veces el verdadero problema no es el método de cocción, sino el tipo de grasa y la forma de cocinar.
A continuación, veamos qué hay realmente detrás del miedo a los alimentos fritos.
El origen del miedo a las grasas
En los años 50, el investigador Ancel Keys popularizó la idea de que las grasas eran la causa principal de las enfermedades cardíacas. Estados Unidos adoptó rápidamente la tendencia de los productos “sin grasa”.
¿El resultado? Muchas personas reemplazaron las grasas por azúcares y carbohidratos refinados, lo que coincidió con un fuerte aumento de obesidad, diabetes y problemas cardiovasculares. Décadas después, numerosos especialistas reconocieron que la relación entre grasa y enfermedad no era tan simple como se creyó.
Sin embargo, el miedo a lo frito ya estaba instalado.
El verdadero problema al freír: el aceite
Es cierto que al calentar algunas grasas se pueden formar sustancias dañinas. Pero el punto clave es que no todos los aceites reaccionan igual al calor.
Algunos aceites se oxidan rápidamente y liberan compuestos nocivos cuando alcanzan cierta temperatura. Por eso, el problema no es la fritura en sí, sino usar grasas inestables o sobrecalentarlas.
Curiosamente, generaciones anteriores solían cocinar con manteca, grasa animal o mantequilla clarificada, que son más estables al calor y resisten mejor la oxidación.
Alimentos que pueden mejorar con la cocción
Aunque suene sorprendente, algunos productos se vuelven más aprovechables nutricionalmente cuando se cocinan (incluyendo salteados o frituras suaves).
Ejemplos:
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Tomate: el calor libera más licopeno, un antioxidante asociado a la protección celular.
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Zanahoria: el beta-caroteno se absorbe mucho mejor tras la cocción.
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Huevos: la proteína cocida es más fácil de digerir que la cruda.
Esto demuestra que el calor, bien aplicado, puede aumentar la disponibilidad de ciertos nutrientes.
Grasas poco recomendables para freír
Algunas opciones no soportan bien las altas temperaturas:
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Aceite de linaza o lino (solo para uso en frío)
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Margarina
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Aceites muy sensibles al calor
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Aceites sin refinar que se queman rápidamente
Cuando estos se degradan, pueden producir humo y compuestos indeseables.
Grasas más estables para cocinar con calor
Entre las opciones que suelen resistir mejor la temperatura están:
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Mantequilla clarificada o ghee
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Aceite de coco
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Aceite de oliva refinado
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Aceite de aguacate
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Algunas grasas animales estables
Estas grasas tienen puntos de humo más altos y menor tendencia a oxidarse si se usan correctamente.