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Valentina entró y se sentó en el borde del sofá con la mochila sobre las rodillas, con esa postura recta de los niños cuando están en un lugar que no conocen y se esfuerzan por comportarse bien. Yo me senté frente a ella y esperé, porque podía ver que necesitaba un momento para ordenar lo que había venido a decir.
—El día que pasó —empezó finalmente—, en el recreo, Mateo me dijo que se sentía raro. No enfermo exactamente. Raro. Dijo que le dolía el pecho pero que no era un dolor fuerte, que era como una presión.
Mi corazón se detuvo un momento.
—¿Se lo dijo a algún adulto?
Valentina asintió despacio.
—Se lo dijo a la señora Ramos. Antes de que empezara el recreo. Yo estaba cerca y lo escuché.
—¿Qué le respondió?
La niña apretó un poco más la mochila.
—Le dijo que seguramente era por correr. Que tomara agua y saliera a jugar. —Hizo una pausa—. Mateo le dijo que su mamá le había dicho que si alguna vez sentía eso tenía que decírselo a un adulto de inmediato. Y la señora Ramos le dijo que su mamá exageraba, que los niños siempre tenían cosas raras y que no era para tanto.
El aire de la sala se volvió diferente. Más denso. Más quieto.
Yo recordaba perfectamente esa conversación con Mateo. Hacía seis meses, después de que el médico nos había dicho que Mateo tenía una arritmia leve que había que monitorear, una de esas condiciones que en la mayoría de los casos no produce síntomas graves pero que requería atención si aparecían ciertos signos. Le había explicado a Mateo, con palabras de ocho años, que si sentía presión en el pecho o se mareaba tenía que decírselo a un adulto de inmediato, sin esperar, sin pensar que era poca cosa.
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