La Mochila de Spider-Man

²

Lo ignoré.

Volvió a sonar.

Luego los golpes, urgentes, del tipo que no puede ignorarse indefinidamente sin que el cerebro empiece a generar escenarios.

Me levanté. Fui a la puerta con la manta todavía en los hombros y la foto en la mano porque no había encontrado dónde dejarla.

Abrí.


Era una niña.

Tendría nueve años, quizás diez. Llevaba una campera de jean azul que le quedaba grande, del tipo que uno hereda de un hermano mayor. Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza que se estaba deshaciendo. Y tenía los ojos más serios que yo había visto en una cara de esa edad, serios con el peso de algo que había estado cargando y que era demasiado para cargar sola.

Entre sus brazos, apretada contra su pecho como si temiera que alguien se la quitara, estaba la mochila de Spider-Man de Mateo.

Me aferré al marco de la puerta.

—¿Usted es la mamá de Mateo? —preguntó.

No pude responder. Asentí.

La niña miró la mochila y luego me miró a mí con esa expresión de quien lleva mucho tiempo preparándose para un momento y ahora que ha llegado no está segura de si está lista.

—Él me hizo prometer que la protegería —dijo, con la voz apenas por encima del susurro—. Hasta hoy.

—¿Cómo te llamas? —logré decir.

—Valentina. Soy de su salón. Yo estaba ahí cuando…

Se detuvo. Sus labios temblaron.

—Pasa —dije.

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