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No movió un solo músculo de su rostro perfectamente afeitado. No levantó la voz ni medio decibelio para interceder por la mujer que llevaba media vida desviviéndose por él. Su semblante era una perfecta máscara de hielo impenetrable vacía de cualquier rastro de emoción humana.
En ese preciso e interminable instante agónico, mientras los implacables agentes de la ley la empujaban sin ningún tipo de miramientos ni delicadeza hacia las puertas del ascensor, forzándola a desfilar en un humillante paseío frente a la mirada atónita, las sonrisas burlonas y los murmullos crueles y acusadores del resto de los empleados de la planta.
Una verdad afilada, como la inclemente hoja de una navaja barbera, rasgó violentamente el espeso velo de ingenuidad que había cegado a Isabela durante tantos años de su misión voluntaria.
La iluminación espiritual fue brutal y destructiva. Había sido vilmente utilizada, masticada sin piedad alguna y escupida al suelo como un maldito estorbo sin valor ni dignidad. El hombre que tantas noches le había prometido bajarle la luna y las estrellas, el mismo que le hablaba con devoción de
formar un sagrado hogar bendecido por el Señor, la estaba empujando de forma totalmente deliberada, asquerosamente premeditada y alevosa hacia el abismo llameante de las condenas penales, única y exclusivamente para salvar su propio y miserable pellejo.
La angustia extrema le oprimió la garganta hasta dejarla sin el menor aliento. Quiso gritar su inocencia a los cuatro vientos. Quiso maldecirle allí mismo, escupirle a la cara delante de todos.
Pero el pesado nudo de lágrimas contenidas y la profunda, lacerante conmoción del desengaño amoroso, la dejaron completamente muda, convertida en una inerte estatua de sal. Mientras las puertas metálicas del ascensor se cerraban con un ruido sordo, separándola para siempre del mundo de los vivos, de la descencia y de la cálida luz del sol.
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