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El posterior proceso penal no fue más que la burda escenificación de una farsa dantesca, un lúgubre teatro del horror orquestado a la perfección milimétrica, donde la verdadera y sagrada justicia brilló por su absoluta y clamorosa ausencia.
Todo el procedimiento fue rápidamente aplastado, manipulado y sepultado por el peso aplastante del dinero sucio, las altas influencias políticas de la élite y un auténtico ejército de abogados despiadados, vestidos con carísimos trajes de diseño, cuyos exorbitantes honorarios estaban siendo pagados religiosamente con el abultado patrimonio de la intocable y poderosa familia de la caprichosa Valeria.
sentada en el banquillo de los acusados durante aquellas interminables y agónicas semanas de sesiones continuas bajo los cegadores focos escrutadores de la inmensa sala de vistas, Isabella parecía una pajarilla herida de muerte, diminuta, frágil y terriblemente vulnerable ante la inmensidad de la tragedia.
se enfrentaba completamente sola, sin más amparo terrenal que sus constantes y silenciosos rezos a la Virgen, a una maquinaria legal, trituradora y perfectamente engrasada para destruir vidas, dispuesta a devorarla hasta el tuétano de los huesos, sin la menor compasión humana.
su modesto y resignado abogado de oficio, un pobre hombre demacrado, perpetuamente desbordado de expedientes y carente de cualquier voluntad real de lucha, apenas logró articular una débil y patética defensa formal ante la gigantesca y aplastante montaña de pruebas falsificadas que el fiscal jefe, implacable como un verdugo medieval, arrojó sin piedad sobre los solemnes estrados.
Cada perverso documento contable aportado como prueba irrefutable llevaba la clara e inconfundible firma caligráfica de la acusada. Cada transferencia internacional ilícita a paraísos fiscales había sido meticulosamente realizada desde la dirección IP de su ordenador personal en la oficina, introduciendo pacientemente sus propias claves de acceso privadas.
Esas mismas contraseñas secretas que Mateo en la falsa intimidad de sus noches de confidencias compartidas conocía de sobra y había utilizado con frialdad psicópata para tejer hilo a hilo, la resistente soga con la que ahora la ahorcaban públicamente en la plaza del pueblo mediática.
Durante los meses que duró aquel insufrible e inhumano calvario judicial, la voraz prensa sensacionalista del corazón y los telediarios de máxima audiencia a nivel nacional no tuvieron ni una sola pisca de piedad de ella.
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