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Durante semanas le fue presentando a la joven una interminable y confusa montaña de documentos técnicos, balances opacos y autorizaciones bancarias, bajo el cínico y apremiante pretexto de que eran simples trámites rutinarios, le aseguraba, mirándola directamente a los ojos con una sinceridad fingida que daba pavor, que todo aquello era estrictamente necesario para agilizar unos pagos vitales a proveedores.
extranjeros y mantener la maltrecha empresa a flote. Confía en mí, mi vida. Eres la única persona en este mundo podrido en la que puedo delegar esto. Es solo burocracia pesada para salvar nuestra campaña y asegurar nuestro futuro y el de la familia que formaremos.
le había susurrado al oído una lúgubre tarde de tormenta. Mientras pronunciaba esas palabras envenenadas, depositaba un beso y traicionero en su frente sudorosa, un beso de Judas Iscariote en toda regla, un rose gélido que selló, sin ella sospecharlo siquiera, su inminente sentencia de muerte en vida.
Ella que ya se encontraba terriblemente agotada, mareada por las repentinas e incomprensibles náuseas matutinas de un embarazo incipiente que aún no se había atrevido a confesarle a nadie, por miedo a sumar una preocupación más a los supuestos desvelos de su amado, ni siquiera dudó.
estampó su firma y su rúbrica en cada uno de los folios, marcados con pequeñas cruces a lápiz, sin detenerse un solo segundo a leer la fatídica letra pequeña, entregando su honorabilidad intacta, su impecable carrera y su preciada libertad en una brillante bandeja de plata maciza.
El despiadado golpe de gracia llegó de sopetón una mañana gris y plomiza de noviembre, cuando el cielo encapotado de la ciudad parecía llorar a mares, anticipando con sus truenos lejanos la inminente desgracia.
Isabela se encontraba organizando metódicamente unos gruesos expedientes en la soledad del archivo, completamente ajena a la tempestad exterior, cuando la pesada puerta de cristal templado del despacho principal saltó literalmente por los aires.
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