²
Mateo, un embaucador de primera categoría, sabía perfectamente cómo tocar sus puntos débiles y engatuzarla. Con esa sonrisa ladeada de galán de cine de época, palabras forradas de terciopelo engañoso y promesas vacías de un futuro juntos frente al altar que nunca terminaba de materializarse, la había moldeado a su absoluto antojo.
Para aquel hombre carente de escrúpulos morales, Isabella no era más que el salvavidas perfecto, la mula de carga leal que jamás rechistaba, la mujer incondicional dispuesta a poner ciegamente ambas manos en el fuego por su adorado señorito, sin hacer una sola e incómoda pregunta.
Y ella, en su infinita e imperdonable inocencia creía a pies juntillas que aquel empresario deporte apuesto y verbo fácil compartía sus mismos e inquebrantables valores cristianos, viviendo completamente ajena a la devastadora tormenta que se avecinaba.
Sin embargo, la ruina económica no llama amablemente a la puerta avisando de su llegada, sino que entra de un portazo brutal. arrasando con todo a su paso. Y el deslumbrante imperio de papel coché que Mateo había construido se sustentaba en realidad sobre unos cimientos podridos hasta la
médula por la avaricia más desmedida, cegado por la obsesiva ambición de pertenecer por derecho propio a la élite madrileña, de ostentar esos apellidos compuestos de vieja alcurnia y acumular obscenas cantidades en cuentas opacas de paraísos fiscales.
El joven directivo había comenzado a desviar fondos a Manzalva. Falsificaba firmas con un pulso de hielo, maquillaba las cuentas de la empresa y jugaba a la ruleta rusa con el dinero de los inversores, con una temeridad suicida que rayaba en la más absoluta locura.
Cuando la frágil burbuja de sus mentiras estuvo a punto de estallar de forma irremediable y los temidos auditores externos comenzaron a usmear por los despachos. como sabuesos implacables tras el metálico rastro de la sangre financiera, el pánico más ceral se apoderó del flamante y arrogante director ejecutivo.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
ADVERTISEMENT