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Mateo sabía a ciencia cierta que si la escandalosa verdad salía finalmente a la cruda luz del día, no solo perdería de un plumazo su fortuna y su prestigio de cartón piedra, sino que terminaría dando sin remedio con sus finos y cuidados huesos en la cárcel.
Fue exactamente en ese preciso instante de desesperación al verse completamente acorralado por el enorme y asfixiante peso de sus propios pecados. capitales, cuando su mente maquiabélica y retorcida parió el plan más despreciable, rastrero y cobarde que un ser humano pueda llegar a concebir en esta tierra de Dios.
No iba a hundirse solo en el lodo, por supuesto que no. Necesitaba urgentemente un chivo expiatorio, un cordero manso, inocente y mudo para llevar sin resistencia al matadero judicial. Y nadie en el mundo encajaba mejor en ese macabro papel que su fiel, sacrificada Yslon eternamente enamorada secretaría.
Pero la insondable maldad de Mateo no se detenía simplemente ahí. Su codiciada salvación no pasaba únicamente por eludir astutamente a la acción de la justicia, sino por asegurar su estatus con un braguetazo de campeonato.
Mientras Isabela perdía literalmente la salud, el sueño y la vida, intentando cuadrar a contrarreloj unos números que ya venían envenenados de origen, él se dedicaba en cuerpo y alma a cortejar descaradamente a Valeria.
Ella era la caprichosa, altiva y archimillonaria, heredera de una de las familias de mayor poder y rancio abolengo de toda la capital española. Valeria era, en esencia todo lo que la humilde Isabela jamás podría llegar a ser.
arrogante, superficial, envuelta siempre en sedas naturales, abrigos de visón y joyas de incalculable valor. Una mujer de cuna de oro que jamás en su privilegiada vida lograría entender el sagrado significado de ganarse el pan honradamente con el sudor de la frente.
Para un parásito emocional como Mateo, esa mujer de postín representaba la tabla de salvación definitiva, la inyección de capital monumental que su empresa necesitaba con carácter de urgencia y el codiciado pasaporte dorado hacia la inmunidad y el lujo perpetuo.
La ejecución práctica de aquella jugada maestra de la traición fue tan fríamente calculada que él haría la sangre en las venas del mismísimo demonio. Valiéndose miserablemente de la confianza ciega y la fe absoluta que Isabela le profesaba, Mateo preparó su letal trampa con la escrupulosa meticulosidad de una viuda negra tejiendo su pegajosa telaraña.
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