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Para entender verdaderamente cómo aquella mujer de fe inquebrantable y corazón de oro había terminado pudriéndose en un jergón de presidio, tiritando de frío y abrazada a su vientre abultado. Había que desandar el tortuoso camino de su propio calvario personal, un sendero empedrado como tantos otros en esta vida, con las mejores intenciones cristianas y la más absoluta, ciega y trágica devoción del corazón.
Isabella no era ni por asomo una criminal curtida en el vicio, ni mucho menos una mente maestra de las estafas financieras a gran escala. Era una simple muchacha de barrio obrero.
De esas mujeres de bandera que se levantan con el canto del gallo, se santiguan con devoción frente a la estampa desconchada de la Virgen María que adorna la cómoda de su habitación y se rompen el lomo trabajando de sol a soler una sola queja al cielo.
había entrado en la corporación de Mateo cuando el negocio apenas era un humilde proyecto familiar a punto de irse a pique por la mala gestión, poniendo orden en aquel caos burocrático con la precisión obsesiva de un relojero suizo y la paciencia infinita de una santa mártir.
Durante años de sacrificio silencioso, ella fue el auténtico motor invisible, el alma y el sudor que impulsaba el vertiginoso éxito de aquel hombre. Mientras Mateo se pvoneaba con aires de grandeza en las fastuosas cenas de gala del Madrid más exclusivo, colgándose sin pudor las medallas de los contratos
millonarios y codeándose con la flor inata de la alta sociedad, era Isabela, quien pasaba las largas y gélidas madrugadas de invierno en vela. Sola en la inmensidad de una oficina vacía, devoraba interminables balances contables bajo la luz mortesina y parpade de un flexo, con los ojos inyectados en sangre, las cienes latiendo de agotamiento y una taza de café negro y amargo como única y triste compañía.
Lo hacía por un profundo sentido del deber, por esa lealtad inquebrantable que le habían inculcado sus difuntos padres. Pero por encima de todo lo hacía por amor. Un amor puro, casto, casi enfermizo en su entrega absoluta, que la había convertido paulatinamente en la sombra dócil y complaciente de un lobo despiadado que se disfrazaba a diario con la suave piel de un cordero degollado.
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