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Pero Isabella ya había derramado todas las lágrimas que le correspondían a Mateo. Con los labios agrietados y ensangrentados alzaba la vista hacia el minúsculo tragaluz enrejado, por donde apenas se colaba un hilo plateado de luna.
y rezaba, rezaba con una fe rotunda e inquebrantable, suplicándole a la Virgen del Carmen y a Dios nuestro Señor, no que la sacaran mágicamente de allí, sino que le dieran la fuerza sobrenatural necesaria para mantener con vida a esos dos angelitos inocentes.
En ese agujero infecto y olvidado de la mano de Dios, donde cualquier otra persona habría perdido la cordura, Isabela estaba forjando su coraza de acero. El dolor agudo de la traición le quemaba en el pecho como brasas al rojo vivo.
Pero el amor infinito por sus hijos no nacidos era un fuego muchísimo mayor, un fuego purificador. Mateo, ese sinvergüenza vestido de seda, creía haber enterrado su mayor y más sucio secreto bajo los gruesos muros de aquella cárcel, plenamente convencido de que una simple secretaria embarazada y arruinada jamás podría hacerle sombra a su nueva vida de lujos, yates y apellidos compuestos.
Pero se equivocaba de medio a medio. Vaya si se equivocaba. No sabía. El muy insensato, que la semilla que se planta en la más absoluta y cruel oscuridad, cuando está regada a diario por la sangre y la fe de una madre humillada, hecha unas raíces tan profundas y destructivas que acaban resquebrajando hasta los cimientos del palacio más arrogante.
La justicia divina siempre tiene sus propios tiempos, nunca se olvida de cobrar las deudas. Y el reloj de arena del karma acababa de dar la vuelta exactamente en el mismo instante en que Isabela asintió la primera y vigorosa patadita de sus pequeños en medio de aquella miseria absoluta.
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