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Era poco más que un saco de huesos y piel ajada, consumida día a día por una tosca vernosa y sanguinolenta que le desgarraba el pecho durante las largas madrugadas, cubierta apenas por una manta raída de color pardusco que no lograba espantar el frío de sus articulaciones artríticas.
La gran mayoría de las reclusas del módulo la evitaban con asco, temerosas de contraer alguna enfermedad contagiosa o simplemente endurecidas en su empatía por la brutal ley de supervivencia que imperaba entre rejas.
Isabela, por el contrario, poseía un corazón noble, labrado en el yunque de la más genuina compasión cristiana, incapaz de mirar hacia otro lado frente al sufrimiento atroz de un semejante, comenzó a acercarse a la moribunda.
Al principio lo hizo en el más absoluto y respetuoso de los silencios. le cedía generosamente la mitad de su ya, de por sí escasa ración de caldo caliente. Le humedecía los labios resecos y agrietados con un trapo limpio cuando los picos de fiebre la hacían delirar.
Y en las noches más crudas entonaban nanas tradicionales en voz muy baja, melodías de cuna que servían a partes iguales para arrullar el sueño inquieto de sus gemelos y para sosegar los evidentes terrores nocturnos que asaltaban a aquella pobre desconocida.
La anciana, postrada en su catre, la observaba incesantemente. En las primeras semanas lo hacía con recelo, esclutando cada movimiento de la joven madre, con unos ojos afilados, calculadores y gélidos, como la hoja de un estilete, unos ojos que, sorprendentemente aún conservaban intacto un brillo de inteligencia rapaz y dominadora bajo los párpados pesados.
no estaba acostumbrada en absoluto a la caridad desinteresada. Su vida entera, desde su juventud había sido un campo de batalla minado, donde la piedad se pagaba muy cara y la empatía era considerada un defecto imperdonable.
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