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Pero la perseverancia abnegada de Isabela, su devoción heroica hacia esos dos bebés y su humanidad pura, sin dobleces ni intenciones ocultas, terminaron por derretir gota a gota la gruesa coraza de cinismo que blindaba el alma de la anciana.
Una madrugada de noviembre, mientras Isabel arremendaba unos patucos desgastados a la tenue luz de la luna que se abría paso por el ventanuco enrejado, la mujer rompió su prolongado y osco mutismo.
Su voz, aunque cascada, ronca y rasposa como el rose de un papel de lija, resonó en el silencio de la celda con un peso de autoridad innegable, casi intimidatoria. No eres como el resto de la escoria que habita aquí, chiquilla”, sentenció la anciana incorporándose a duras penas sobre un codo tembloroso y clavando su mirada penetrante en la muchacha.
Tienes fuego en las entrañas. Te han pisoteado, pero no dejas que las llamas del odio te consuman por dentro. Tienes luz propia, eres de otra estirpe. Isabela levantó la vista del costurero improvisado, genuinamente sorprendida por la sobrecogedora lucidez y firmeza de aquellas palabras.
Fue exactamente en ese cruce de miradas cuando el espeso velo del anonimato cayó por completo. Aquella mujer decrépita, tratada a patadas por el sistema penitenciario y olvidada por el mundo, no era una delincuente común, era doña Leonor de la Vega.
El ilustre nombre golpeó la memoria reciente de Isabela con la contundencia de un relámpago. Doña Leonor había sido durante casi cuatro décadas la indiscutible e intocable reina del sector inmobiliario en España, una auténtica titán de las altas finanzas, una mujer de hierro forjada a sí misma, dueña y señora de un holding de hormigón, banca y cristal que movía los hilos de medio país.
Su abrupta y estrepitosa caída a los infiernos había acaparado las portadas de la prensa económica y del corazón años atrás. Un escándalo mayúsculo, minuciosamente orquestado, de fraude, evasión fiscal y cuentas opacas, que la empujó directamente y sin contemplaciones a vestir el uniforme a rayas.
Me vendieron como a ganado, chiquilla,”, le confesó Leonor con una sonrisa torcida y amarga, llevándose un pañuelo de tela a la boca para toser un coágulo oscuro, mi propia sangre, los buitres de mis sobrinos, los mismos crápulas a los que crié a mis pechos, dándoles la mejor educación, y a los que iba a nombrar herederos universales de toda mi fortuna.
Falsificaron mi firma, crearon entramados societarios a mis espaldas. y me tendieron una trampa legal perfecta para quedarse con el control absoluto del grupo de la Vega. Me arrojaron a los leones para celebrar el festín sobre mi cadáver.
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