²
El presidio no es, bajo ningún concepto un lugar para criar a dos lactantes inocentes. El frío cortante del invierno mesetario se colaba sin piedad por las rendijas de los gruesos muros de piedra desconchada, helando la sangre en las venas.
Y el hambre era un fantasma constante, una presencia oscura que rondaba la celda día y noche. Las raciones diarias del penal consistían, en el mejor de los casos, en un potaje aguado sin sustancia, un mendrugo de pan correoso de días anteriores y alguna pieza de fruta magullada.
Sin embargo, Isabela se juró a sí misma que jamás permitiría que la amargura, el resentimiento o la desesperación agriaran su leche materna. Masticaba la escasez con una dignidad espartana, tragándose las lágrimas de impotencia y ofreciendo cada privación, cada punzada en el estómago a la Virgen del Carmen, suplicando a cambio salud de hierro para sus pequeños.
Diego resultó ser un niño de mirada extraordinariamente profunda y silenciosa, observador nato, mientras que Luna, mucho más inquieta, poseía unos ojos vivaces y escrutadores. Ambos eran sus salvavidas, el faro luminoso que la mantenía aferrada a la cordura en medio de la tempestad de tinieblas.
Pero la divina providencia, que siempre teje los hilos de nuestro destino de forma misteriosa e inescrutable, había dispuesto en su infinito plan que Isabela no estuviera completamente sola en aquel pozo de inmundicia.
En la litera inferior, justo en la esquina más sombría, húmeda y apartada de la estrecha celda, agonizaba una mujer mayor. Su nombre en el frío registro penitenciario apenas importaba ya para los guardias de turno, que la trataban con absoluto desdén, como a un fardo molesto y maloliente que solo estaba a la espera de ser trasladado a la fosa común del cementerio municipal.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
ADVERTISEMENT