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En la fila del supermercado pagué las compras de aquella anciana porque no le alcanzaba el dinero.
Sus manos temblaban cuando tomó mi brazo y susurró:
—Cuando tu marido se vaya por la noche… no toques la nieve del patio.
Me reí.
Pensé que era una mujer confundida, tal vez con la mente frágil.
Pero esa noche algo me inquietó.
Mi esposo, Marcos, dijo que tenía “una reunión urgente” y salió más tarde de lo habitual.
Miré por la ventana.
La nieve caía espesa y silenciosa.
Estuve a punto de salir a limpiar el porche, como hacía siempre.
Pero recordé sus palabras.
No toques la nieve.
Decidí dejarlo para la mañana.
Dormí intranquila.
Al amanecer, me puse el abrigo y abrí la puerta.
Y entonces lo vi.
La nieve del patio estaba marcada.
No por huellas que entraban.
Sino por huellas que salían… desde la puerta trasera.
Huellas que yo no había hecho.
Y no eran recientes.
Debajo de la capa fina de nieve nueva se distinguía una marca más profunda, como si alguien hubiera estado allí antes de la tormenta.
Me acerqué con cuidado.
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