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John Wayne recibió una carta de esta maestra e hizo algo que ninguna estrella de Hollywood haría hoy en día… Marzo de 1961: una maestra de la zona rural de Montana les pide a sus 12 alumnos que escriban una sola frase a John Wayne.

Sr. Wayne…

—Espero no estar interrumpiendo.

Los doce estudiantes se quedan paralizados, mirando fijamente. Varios se quedan sin palabras. Una chica empieza a llorar. No de tristeza, sino de la emoción que siente.

Wayne entra. La habitación es diminuta. Una habitación grande, 12 escritorios, una estufa de leña en una esquina, una pizarra, una bandera estadounidense y, al fondo, el proyector montado sobre una mesa, con 10 latas de película apiladas a su lado.

¿Recibiste todo lo que te envié?

Margaret no puede hablar, solo puede asentir con la cabeza.

Wayne se acerca al proyector y lo toca.

—¿Lo has estado usando todos los viernes?

Margaret finalmente logra decir:

—Los niños lo esperan con impaciencia durante toda la semana.

Wayne se vuelve hacia los estudiantes: doce pares de ojos fijos en él; algunos asustados, otros emocionados, todos incrédulos.

—Recibí vuestra carta, de parte de todos vosotros. Gracias por lo que escribisteis. Significó mucho para mí.

Una vocecita desde la primera fila:

—¿Leíste mi frase?

Wayne mira. Una niña, tal vez de siete años. Trenzas rubias. Sarah.

—Sí, lo leí. Dijiste que soy el vaquero más valiente. Es lo más bonito que me han dicho nunca.

Sarah se sonroja. Sonríe.

Wayne pasa las siguientes tres horas con ellos: respondiendo preguntas, firmando autógrafos en hojas de cuaderno, contando anécdotas sobre el rodaje, enseñándoles cómo rodar una escena, cómo caer sin hacerse daño, cómo hacer que un tiroteo parezca real. Les pregunta qué han aprendido de sus películas.

Ellos responden:

—Valentía, honor, defender lo que es correcto, nunca rendirse, ayudar a los más débiles que uno mismo.

Wayne escucha. Escucha de verdad. Estos chicos lo entienden. Captaron las lecciones que intentaba transmitir en cada película, incluso cuando él mismo no era consciente de ello.

Casi al final de la tarde, un niño levanta la mano. Pequeño, de pelo oscuro y rostro serio. Tommy, de 8 años.

—Sr. Wayne…

 

 

—Sí, hijo.

—¿Por qué nos ayudó? No somos nadie.

La habitación queda en silencio.

Todos los niños esperaban la respuesta. Margaret, junto a la puerta, con las manos entrelazadas, también esperaba.

Wayne se acerca al escritorio de Tommy, se arrodilla y se pone a la altura de sus ojos.

—Escúchenme bien. No son nadie. No vuelvan a decir eso. Son estadounidenses. Todos ustedes. Eso significa que importan. Cada uno de ustedes. No importa si viven en Hollywood, Montana o cualquier otro lugar. Son estadounidenses. Todos.

A Tommy se le llenan los ojos de lágrimas. Asiente. No confía en su propia voz.

Wayne se levanta y los mira a todos.

—Y cuando crezcan, ayudarán a la próxima generación de niños, a aquellos que se creen insignificantes. Les demostrarán que importan. Así funciona Estados Unidos. Nos apoyamos mutuamente. ¿Entendido?

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