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PARTE 1
“En esta tienda no atendemos a gente que parece venir saliendo del Metro”, soltó Fernanda, sin bajar la voz.
El hombre que acababa de entrar se quedó quieto frente a la puerta de cristal de una relojería de lujo en Presidente Masaryk, en Polanco. Traía una playera gris desteñida, unos jeans gastados y unos tenis tan viejos que cualquiera habría pensado que se había equivocado de lugar.
Pero no se había equivocado.
Ese hombre era Mateo Herrera, dueño y director general de Grupo Herrera, una de las marcas mexicanas de relojes más exclusivas del país. Solo que nadie en esa sucursal lo sabía. Cansado de juntas, cenas falsas y sonrisas compradas, había decidido entrar a una de sus propias tiendas vestido como alguien invisible.
Quería saber cómo trataban a quienes no parecían tener dinero.
Fernanda, la vendedora más presumida del lugar, lo miró de arriba abajo como si hubiera manchado el piso de mármol.
—Si viene a preguntar precios nada más, mejor se los digo desde ahorita: son caros.
Desde el otro mostrador, Lucía levantó la vista. Tenía veintisiete años, el cabello recogido con sencillez y una calma que no parecía fabricada. Dejó el paño con el que limpiaba un reloj de colección y se acercó.
—Buenas tardes, señor. Bienvenido. ¿Le gustaría que le muestre algún modelo?
Mateo señaló un reloj con caja de oro rosa y correa de piel negra.
—Ese se ve interesante.
Fernanda soltó una risita.
—Ese cuesta más que su coche, si es que tiene.
Lucía la ignoró. Se puso guantes blancos, abrió la vitrina y empezó a explicarle el mecanismo, la historia del diseño, el trabajo artesanal hecho en Querétaro y el número limitado de piezas disponibles. Durante veinte minutos lo trató como si fuera el cliente más importante del día.
Mateo la observaba en silencio. No había lástima en su mirada. Tampoco interés fingido. Solo respeto.
—Me lo llevo —dijo él al final.
Fernanda se acercó de inmediato, con los ojos abiertos.
—¿Perdón?
Mateo llevó la mano al bolsillo trasero. Luego al delantero. Después al pecho. Frunció el ceño.
—No puede ser… creo que perdí mi cartera.
El silencio cayó como una piedra.
Fernanda soltó una carcajada.
—¡Lo sabía! ¿Ves, Lucía? Por andar jugando a la Madre Teresa. Este señor solo vino a hacernos perder el tiempo.
Lucía respiró hondo.
—Fernanda, basta. Es un cliente.
—¿Cliente? —escupió Fernanda—. Es un muerto de hambre. Y tú, claro, lo defiendes porque se reconocen entre ustedes. Tú también vienes de abajo, ¿no? De esas colonias donde la gente cree que con ser amable ya merece una oportunidad.
El rostro de Lucía se endureció, pero no bajó la mirada.
—Sí, vengo de abajo. Mi mamá vendía tamales afuera del Metro Hidalgo y mi papá nos dejó deudas en vez de apellido. Pero yo trabajo, estudio y trato bien a la gente. Tú trabajas aquí igual que yo. La diferencia es que yo entiendo que este uniforme es para servir, no para humillar.
Algunos clientes voltearon. Fernanda se puso roja.
Mateo sintió un golpe en el pecho. Nadie había defendido su dignidad pensando que era pobre. Nadie.
Lucía se giró hacia él.
—No se preocupe por el reloj. Lo importante es encontrar su cartera. ¿Traía identificaciones?
—Sí —murmuró Mateo.
—Entonces vamos a buscarla. Tal vez se le cayó al bajar del coche o en la banqueta.
Sin esperar recompensa, Lucía pidió permiso al gerente, tomó su chamarra y salió con él a la calle. Caminaron por la banqueta de Masaryk, revisaron cerca de los árboles, debajo de una banca y hasta junto a una coladera. La tarde empezaba a caer sobre la ciudad y el aire olía a lluvia y gasolina.
Lucía se agachó sin importarle ensuciarse el pantalón negro. Encendió la lámpara de su celular y revisó entre hojas secas.
—No tiene que hacer esto —dijo Mateo, sintiendo una culpa que le quemaba.
—Claro que sí. Una cartera perdida es un problema serio. El dinero va y viene, pero sacar INE, tarjetas y papeles es un martirio.
Mateo miró sus manos manchadas de tierra. Aquello ya no era una prueba. Era una crueldad.
Caminó hacia el viejo coche que había rentado para su disfraz, abrió la puerta y fingió revisar bajo el asiento.
—Aquí está —dijo, levantando la cartera—. Qué vergüenza. Se había caído dentro.
Lucía soltó el aire y luego se rió, cansada.
—Ay, señor, casi me meto a la coladera por usted.
Mateo sonrió, pero por dentro algo se rompió.
—Déjeme invitarle algo de cenar, para compensar.
—Gracias, pero no hace falta. Solo cuide mejor sus cosas.
Lucía regresó a la tienda con la camisa un poco sucia y la cabeza en alto.
Esa noche, en su casa enorme de Lomas de Chapultepec, Mateo revisó el expediente laboral de Lucía Ramírez. Huérfana de madre. Padre desaparecido. Universidad iniciada a los veinticuatro años. Promedio sobresaliente. Sin contactos familiares.
Mateo cerró la carpeta con vergüenza.
Había querido probar el corazón de una empleada sin saber que ella llevaba años sobreviviendo con el suyo hecho pedazos.
Y al día siguiente, cuando Fernanda vio entrar a Lucía, sonrió con una maldad que helaba la sangre.
No podía creerse lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2: en la página siguiente.