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—Que sigues aquí —respondí.
Diego dejó de sonreír.
Después de cenar, le tomé la mano.
—Dime la verdad.
—¿De qué?
—De tu enfermedad.
El silencio fue más doloroso que cualquier grito.
—¿Cómo sabes? —preguntó, con la voz rota.
—Encontré un papel.
No le dije lo del agujero. Todavía no.
Diego se cubrió la cara. Me contó que se lo habían detectado dos meses antes, que el tratamiento era caro, que había vendido el coche, pedido préstamos y usado nuestros ahorros.
—No quería arruinarte la vida —dijo.
—Mi vida eres tú, Diego.
Nos abrazamos llorando. Esa noche volvió a nuestra cama. Pero antes de dormir soltó otra verdad:
—Ya no puedo pagar lo que sigue.
Al día siguiente lo acompañé al hospital. El doctor fue claro: había esperanza, pero el tratamiento no podía detenerse. La cifra era imposible.
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