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Parte 3 :
El juicio no fue rápido. Fueron meses. Idas y vueltas, papeles que faltaban, citas que se cambiaban. Cada vez que el abogado de Ricardo decía mi nombre, sentía que me faltaba el aire. Hubo una noche que estuve a punto de rendirme y aceptar lo que él quisiera, con tal de que se acabara.
No me rendí.
Mi abogada no gritaba. Solo iba poniendo cosas sobre la mesa, una por una. Despacio. Y al final el juez decidió.
Me dieron la custodia. Ricardo quedó obligado a pasar pensión. Y la deuda de la fiesta se reconoció como suya, de él y de su mamá, porque ellos la firmaron.
Doña Refugio, la señora que me dijo cien veces que yo iba a terminar pidiendo limosna, tuvo que vender sus joyas para ayudar a su hijo. Me enteré por la misma prima. No sentí nada. Te lo juro que no sentí nada. Ya estaba muy cansada para sentir.
Pasaron los meses.
Sofía empezó a pegar sus dibujos en la pared del cuarto. Camila ya dormía sin abrazarse tan fuerte a su muñeca. Y un día, recogiendo el cuarto, me di cuenta de que ya no había pan escondido debajo de las almohadas.
El otro domingo las llevé a comer mariscos.
No a un salón elegante. A una fonda sencilla, con mesas de madera y una rocola vieja. Pedí un plato de camarones para Sofía. Uno para Camila. Y uno para mí.
Camila peló su primer camarón ella sola y me lo enseñó en la mano, toda orgullosa, como si me enseñara un diamante.
Sofía se quedó callada un rato, mirando su plato. Luego levantó la cara y me preguntó, bajito, como cuando me cuenta un secreto:
—Mamá… ¿las niñas sí valemos mucho?
Dejé el tenedor.
—Valen todo, mi amor. Y nunca dejes que nadie te ponga la comida en un plato roto para hacerte creer otra cosa.
Sofía se quedó pensando. Y asintió, despacito. Como quien guarda algo bien guardado para no perderlo.
Camila levantó su vaso de agua de jamaica.
—¡Por nosotras!
Las tres chocamos los vasos.
Esa noche, en el departamento, las arropé a las dos. Sofía ya casi dormida me agarró la mano.
—Mamá. Aquí nadie grita.
—No, mi amor. Aquí nadie grita.
Apagué la luz.
Y por primera vez desde aquella noche del plato roto, me dormí sin miedo a mañana.
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