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PARTE 2: Empecé despacio. No grité. No hice drama. Solo dejé de reírme.
En la siguiente comida familiar, Javier se burló de mí porque estacioné “como señora asustada”. Yo miré a Daniel, que estaba sentado frente a mí, y dije con calma:
—Qué curioso. Daniel nunca necesita humillar a nadie para sentirse hombre.
La mesa se quedó callada. Javier soltó una risa, pero ya no sonó igual.
—¿Ahora Daniel es tu héroe, Laura?
—No —respondí—. Solo es un hombre con educación. Se nota la diferencia.
Su mamá, doña Carmen, bajó la mirada para ocultar una sonrisa. Mariana me apretó la mano debajo de la mesa.
Esa noche Javier azotó las llaves en el buró.
—No me gusta que uses a Daniel para molestarme.
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