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ARTE 1
“Te invito a la cena de Navidad para que por fin aceptes que te quedaste sola, Mariana.”
Eso fue lo primero que Rodrigo Santillán le dijo por teléfono después de ocho años de silencio.
Mariana sostuvo el celular junto a la ventana de su departamento en Santa Fe, mirando las luces de la ciudad como si fueran otra vida. No gritó. No lloró. No le reclamó. Ya había gastado demasiadas lágrimas en ese hombre.
Rodrigo siguió hablando con esa voz arrogante que ella conocía demasiado bien.
—Mi mamá preguntó por ti. Dice que sería bonito cerrar el año sin resentimientos. Además… ya sabes, todos van con sus hijos. No te sientas mal si llegas sola.
Mariana sonrió apenas.
—Claro, Rodrigo. Ahí estaré.
Cuando colgó, respiró hondo. Su abogada, que estaba sentada frente a ella, levantó la mirada.
—¿Estás segura?
Mariana dejó el celular sobre la mesa.
—Quiere humillarme frente a su familia. Cree que voy a llegar con las manos vacías. Pues le voy a llevar la verdad completa.
Esa noche, al llegar a casa, cuatro voces corrieron hacia ella.
—¡Mamá!
Mateo, el más serio, siempre atento a todo. Diego, callado, dulce, con un cuaderno de dibujos bajo el brazo. Camila, intensa y valiente, incapaz de quedarse callada ante una injusticia. Y Sofía, observadora, lista, con preguntas que podían desarmar a cualquier adulto.
Los cuatro tenían siete años.
Los cuatro tenían los ojos de Rodrigo.
Durante la cena, Mariana esperó a que terminaran de contarle sus historias de la escuela. Después dejó el tenedor sobre el plato.
—Tenemos que hablar de Navidad.
Los niños se quedaron quietos.
—Vamos a Monterrey —dijo ella—. Van a conocer a su papá.
Camila frunció el ceño.
—¿El que te dejó cuando estábamos en tu panza?
Mariana asintió.
Diego bajó la mirada.
—¿Él sabe que vamos?
—No.
Sofía se acomodó los lentes.
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