ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

y destrozarlo todo con sus propias manos.

²

Pero no se movió.

No porque confiara ciegamente en Marta. Ni porque el miedo lo hubiera vuelto cobarde. Se quedó quieto porque, en el fondo, la conocía lo suficiente como para entender que aquella mujer jamás se habría atrevido a tocarlo de ese modo si lo que estaba ocurriendo no fuera mucho peor que una simple traición.

La voz masculina volvió a sonar, más cerca esta vez.

—No me gusta que estés tan tranquila —dijo el hombre—. Cuando un plan sale demasiado limpio, alguien siempre termina hablando de más.

Elena soltó una risa baja.

No la risa musical, casi infantil, con la que recibía invitados o posaba en cenas benéficas. Era otra. Más seca. Más vieja. Más peligrosa.

—¿Y quién va a hablar? ¿Marta? —preguntó con desprecio—. Esa mujer apenas me sostiene la mirada. Y Ricardo… Ricardo ya debería estar aterrizando en Buenos Aires.

Ricardo sintió una punzada helada detrás del esternón.

Buenos Aires.

Ese era el viaje que se suponía que debía prolongarse tres días más. Un congreso empresarial, reuniones con inversores, cenas con hombres que sonreían demasiado y siempre querían algo. Pero la última reunión se canceló por la enfermedad repentina de uno de los socios y Ricardo, llevado por una nostalgia rara y un deseo casi adolescente de ver a Elena sin avisar, tomó el avión de regreso esa misma tarde.

Si no lo hubiera hecho…

No terminó el pensamiento.

No quiso.

Marta seguía con la mano sobre su boca, pero ahora ya no lo sujetaba con desesperación, sino con firmeza. Como si temiera que él, con una sola exhalación mal calculada, pudiera arruinar la única ventaja que aún tenían: la invisibilidad.

El hombre volvió a hablar.

—Aun así, no me gusta dejar cabos sueltos.

Elena dejó la copa sobre la mesa de centro.

—Siempre has sido exagerado, Julián.

Ricardo cerró los ojos un segundo.

Julián.

El nombre cayó dentro de él como una cuchilla.

No era un desconocido.

No era un amante cualquiera.

Era Julián Rivas, su abogado de confianza desde hacía once años. El hombre que redactó contratos millonarios, apagó incendios fiscales, resolvió pleitos con una sangre fría admirable y brindó en su mesa durante tres navidades consecutivas. El mismo hombre al que Ricardo llamaba “amigo” en reuniones privadas, aunque ambos supieran que en su mundo esa palabra casi siempre escondía otra más útil: aliado.

Sintió que Marta endurecía apenas la mandíbula al notar el reconocimiento en su cuerpo.

Claro. Ella sabía quién era.

La voz de Julián sonó más cerca de la barra del salón.

—No soy exagerado. Soy precavido. Y gracias a eso sigues casada con un hombre rico.

Elena soltó otra vez aquella risa baja, venenosa.

—Por poco tiempo.

Ricardo dejó de respirar.

Marta lo miró apenas, solo lo suficiente para transmitirle una orden muda: aguante.

Él aguantó.

A través de la rendija del armario alcanzaba a ver fragmentos del salón: el borde de la alfombra persa, una pata del piano, el brillo de una botella de coñac en el carrito de servicio. Todo tan familiar y, al mismo tiempo, tan ajeno. Aquella casa, que siempre creyó un santuario contra la brutalidad del mundo, se había convertido de golpe en escenario de una obra monstruosa cuyo libreto todos conocían menos él.

—Mañana —dijo Elena, sirviéndose otra copa— será el último paso. La llamada del hospital, el traslado, la crisis, el entierro. Todo demasiado triste, pero inevitable.

Julián bajó la voz.

—¿Y si el médico falla?

—No fallará. Le pagaste lo suficiente.

Marta retiró la mano de la boca de Ricardo con lentitud extrema. Él no hizo ni un movimiento. Por dentro, sin embargo, cada músculo ardía. Médico. Hospital. Crisis. Enterramiento. Las palabras no terminaban de unirse y, sin embargo, el significado ya estaba ahí, horriblemente claro.

No se trataba de una fuga romántica.

No se trataba solo de una infidelidad.

Era un asesinato.

—Aun así —insistió Julián— deberíamos revisar otra vez los tiempos. El certificado preliminar, el traslado, la firma del seguro…

Elena lo interrumpió.

—Deja de temblar. Lo único que tienes que hacer es parecer devastado cuando llegue el momento. Igual que yo.

Silencio.

Luego un sonido que a Ricardo le revolvió el estómago.

Un beso.

No lo vio. Lo oyó. Húmedo, largo, íntimo. El beso de dos personas que no solo comparten cama, sino también crimen.

La oscuridad del armario se volvió insoportable.

Ricardo apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Nunca en su vida había deseado golpear a alguien como en ese instante. Matar, incluso. Salir del escondite, reventar el vidrio de la botella de coñac contra la mesa y hundirlo en la garganta de Julián. Ver a Elena retroceder, ver el miedo en sus ojos, obligarla a explicar cada sonrisa, cada caricia, cada noche en la que él creyó llegar tarde del trabajo y encontrar consuelo donde en realidad lo estaban midiendo para la tumba.

Pero Marta volvió a tocarle el brazo.

Esta vez no como súplica.

Como ancla.

Y tuvo razón.

Por más insoportable que fuera quedarse quieto, salir en ese momento equivalía a morir.

No lo entendió del todo hasta que Elena habló otra vez.

—¿Trajiste el frasco?

Julián hizo un ruido de bolsillo, de vidrio pequeño rozando tela.

—Aquí está. Las gotas correctas. Ni una más. Ni una menos.

Ricardo notó que se le helaba la nuca.

—Perfecto —dijo Elena—. Mañana, cuando vuelva de la reunión del patronato, le llevo el té como siempre. Si se despierta confundido, seré la esposa abnegada. Si se pone violento, tú entras. Y si para entonces ya está peor…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Ricardo comprendió por fin lo que Marta le había evitado al hacerlo callar y esconderlo.

Ellos creían que él todavía estaba fuera del país. Y el plan seguía en marcha sin modificaciones. Si se hubiera presentado unos minutos antes, si hubiera llamado desde el coche, si hubiera entrado anunciándose con esa confianza vieja y ciega con que siempre volvía a casa, probablemente habría bebido ese té al día siguiente o quizá aquella misma noche. Habría dormido con Elena. Habría firmado algún papel distraído. Habría muerto “de forma repentina” en cuestión de horas o días.

Marta lo había salvado.

La pregunta era por qué.

Y la respuesta llegó casi de inmediato, aunque de una forma tan terrible que por un segundo Ricardo lamentó entenderla.

—Sigo sin fiarme de Marta —dijo Julián.

El corazón de Ricardo dio un golpe brutal.

Elena soltó el aire.

—Déjamela a mí. Lleva quince años aquí. Sabe demasiado de esta casa como para irse con chismes. Mañana la despacho con dinero y una recomendación. Si se pone tonta, el mismo doctor puede hablar de sus “problemas nerviosos”. A una sirvienta siempre es fácil volverla loca sobre papel.

En la oscuridad, Marta cerró los ojos.

Ricardo lo vio.

Y en ese gesto minúsculo comprendió lo impensable: ella no lo había escondido solo para salvarlo. Lo había hecho porque ya sabía que, si él moría, ella sería la siguiente pieza que iban a limpiar.

La voz de Julián volvió a sonar.

—¿Y la caja fuerte?

—Después. Primero lo importante.

—Ricardo nunca me dio la segunda clave.

Elena hizo un chasquido con la lengua.

—Porque jamás confió del todo en ti.

—Y, sin embargo, aquí estamos —respondió él.

Otra vez esa intimidad viscosa en el tono.

Otra vez la complicidad de quienes llevan demasiado tiempo violando un mundo ajeno por dentro.

—No me importa la caja fuerte —dijo Elena—. Me importa el testamento.

Ricardo dejó de respirar otra vez.

Julián tardó un segundo.

—¿No lo tienes?

—Tengo la copia que dejó en el despacho, pero no me sirve si sigue vigente la cláusula del sobrino.

Ricardo sintió el estómago hundirse.

Nicolás.

El hijo de su hermana menor, muerta hacía seis años. Un muchacho callado, brillante, al que Ricardo financió estudios en Suiza y mantuvo lejos del grupo empresarial para protegerlo precisamente de ese tipo de hienas bien vestidas. El testamento original contemplaba una distribución compleja: Elena heredaba bastante, sí, pero el control de las empresas y la residencia principal quedaban en fideicomiso compartido con Nicolás si la muerte de Ricardo se producía de forma súbita o bajo circunstancias dudosas.

Julián lo sabía.

Elena también.

Y aquello explicaba una parte del plan.

—Por eso necesito que el médico firme que venía arrastrando un cuadro de inestabilidad —dijo Elena—. Ansiedad, insomnio, abuso de sedantes, lo que sea. Algo que sostenga una muerte orgánica y deje a Nicolás fuera del margen de impugnación inmediata.

Ricardo apretó los dientes hasta hacerse daño.

Abuso de sedantes.

Ansiedad.

Insomnio.

Tres etiquetas perfectas para un hombre de negocios cansado, sobreexpuesto, con la salud hecha una cuerda tensa. Tres etiquetas fáciles de creer. Tres mentiras plausibles.

De pronto recordó pequeñas escenas de los últimos meses que había despachado con fastidio, no con sospecha: la somnolencia rara después de ciertos tés que Elena insistía en prepararle por la noche; un mareo absurdo en una cena; un desmayo mínimo en el despacho que él atribuyó al exceso de trabajo; una llamada del médico de cabecera preguntando si ya había empezado “el tratamiento recomendado”, cosa que Ricardo negó sin entender del todo a qué se refería.

El plan no había empezado hoy.

Llevaba tiempo.

Eso fue lo que más le dolió.

No la maldad repentina.

La paciencia.

Los amantes siguieron hablando. De seguros. De transferencias. De la casa de Marbella. De una cuenta en Ginebra que Elena ya daba por suya. Ricardo escuchó todo, pero las palabras empezaron a mezclarse detrás del ruido salvaje de su propia sangre. El armario se volvió más pequeño. El aire, más húmedo. El olor a naftalina le dio náuseas.

Marta lo notó.

Se inclinó apenas hacia él y le susurró al oído con una calma que desentonaba con el terror de sus ojos:

—No se me caiga ahora.

Aquella frase extraña, doméstica, fue lo único que lo sostuvo.

No se me caiga ahora.

Como si él fuera una taza a punto de romperse en una cocina.

Como si todavía existiera un después.

Y entonces, por fin, los oyó moverse.

Pasos hacia el pasillo.

Una puerta cerrándose.

Para obtener más información,continúa en la página siguiente

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

Leave a Comment