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y destrozarlo todo con sus propias manos.

²

Luego otra.

Silencio.

Ni risas. Ni copas. Ni besos.

Solo la casa respirando de nuevo como si nada.

Marta esperó todavía un minuto entero antes de sacar la mano del pomo del armario. Ricardo estaba empapado de sudor frío. Cuando por fin abrió la puerta, la luz tenue del recibidor le pareció obscena.

Salió primero ella.

Luego él.

Ricardo avanzó dos pasos y se apoyó contra la pared. Sentía las piernas llenas de arena. La rabia seguía allí, pero ahora venía acompañada de algo mucho más devastador: un dolor antiguo, infantil casi, la sensación insoportable de haber sido un imbécil.

—¿Desde cuándo? —preguntó con la voz rota.

Marta lo miró como se mira a un herido que aún no entiende la magnitud del disparo.

—No sé cuándo empezó lo suyo —respondió—. Lo del veneno… hace unos dos meses.

Ricardo levantó la cabeza de golpe.

—¿Veneno?

Ella asintió.

—No sé qué le pone. Solo sé que desde hace semanas la señora guarda un frasquito oscuro en la caja del té del salón de mañana. Y que el doctor Valverde empezó a venir demasiado seguido sin razón de verdad. Al principio creí que eran cosas de la cabeza, mías. Luego escuché una conversación.

La miró fijo.

—¿Y no dijiste nada?

La pregunta salió más dura de lo que quiso, pero ella no se defendió. Solo apretó las manos delante del delantal.

—¿A quién? —preguntó—. ¿A usted? ¿Cuándo? ¿Mientras me decía que no entrara al despacho sin tocar y la señora me llamaba inútil por doblarle mal las servilletas? —Bajó la voz—. Usted nunca vio nada, don Ricardo. Yo limpiaba la casa. No existía.

La frase lo golpeó de una manera inesperada.

Porque era verdad.

Marta llevaba quince años en esa casa.

Quince.

Le había servido el café miles de veces. Había recogido sus chaquetas, ordenado sus cajones, visto crecer las estaciones y las grietas del matrimonio. Y aun así, Ricardo apenas conocía datos sueltos de ella: que era viuda, que tenía una hija en Cuernavaca, que hacía el mejor caldo de pollo cuando había visitas enfermas. Nada más. No porque ella ocultara demasiado. Porque él nunca preguntó.

Aquella noche, en cambio, estaba vivo gracias a esa mujer invisible.

—Lo siento —dijo él, y le sorprendió ser capaz de decirlo tan pronto.

Marta pareció todavía más sorprendida.

—No me diga eso ahora —murmuró—. Dígame qué vamos a hacer.

Ricardo tardó un segundo en responder.

Aquella era, quizá, la primera pregunta real de toda la noche. No quién los traicionó. No cuánto lo sabían. No por qué. Sino qué hacer.

Miró el vestíbulo. La escalera. El reloj de pared. La mesa consola donde Elena dejaba las cartas del patronato y las invitaciones a cenas benéficas. Todo seguía exactamente igual. Y, sin embargo, la casa ya no era suya en ningún sentido reconocible.

—No puedo quedarme aquí —dijo.

—No.

—Tampoco puedo irme por la puerta.

—No.

—¿Hay otra salida?

Marta dudó apenas.

—La del cuarto de plancha da al lateral del jardín. Pero si el señor Julián sale a fumar al patio trasero, los vería.

Ricardo empezó a caminar despacio, intentando obligar a su mente a volver a ser la de siempre. La mente que resolvía rutas, tiempos, riesgos, contingencias. Lo logró a pedazos.

—Necesito mi teléfono.

Marta negó.

—Lo dejó en la consola al entrar. La señora lo vio.

Maldijo por lo bajo.

—¿Llaves del coche?

—También.

Claro.

Había entrado a su propia casa como se entra al territorio más seguro del mundo. Sin pensar. Sin cubrir huellas. Sin imaginar que el enemigo lo esperaba entre los cuadros y la cristalería.

—¿Hay teléfono en la cocina del servicio? —preguntó.

—Sí, pero la línea interior pasa por la central de la cocina grande. Si llaman, se oye en toda la casa.

Ricardo apretó los párpados.

Había que salir.

Llegar a alguien de confianza.

Pero ¿quién?

Elena y Julián controlaban demasiado de su vida. El médico. La casa. Probablemente algunas comunicaciones. Tal vez incluso ciertos asistentes. No podía llamar a cualquiera. No podía correr al primer aliado aparente. Necesitaba a alguien fuera de su radio… y lo bastante cercano para creerle.

Pensó en Nicolás.

Demasiado lejos.

Pensó en sus socios.

Mala idea.

Pensó en su chofer.

Podía estar comprado.

Y entonces, como una punzada absurda en mitad del caos, le vino un nombre que no pronunciaba en meses: Vera.

Su hija.

La hija de su primer matrimonio.

La única persona que llevaba años diciéndole que Elena era una máscara demasiado bien pulida y que Julián no olía a lealtad sino a hambre contenida. Ricardo siempre desestimó su intuición como resentimiento por la segunda esposa, por la casa nueva, por los años mal remendados de padre ausente. Quizá porque aceptar que Vera veía algo que él no quería ver implicaba admitir que la volvió huérfana en vida mucho antes de esta noche.

Marta lo observaba en silencio.

—¿Tiene a quién llamar? —preguntó.

Él asintió muy despacio.

—Sí. Pero primero tenemos que salir vivos de aquí.

Marta hizo algo inesperado.

Se metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó una llave pequeña, plateada.

—La puerta del cuarto de plancha —dijo—. La cierro yo siempre porque la señora dice que afea la vista del jardín.

Ricardo tomó la llave.

Le rozó la mano sin querer. La notó helada.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó antes de poder evitarlo.

Marta lo sostuvo con una mezcla rara de cansancio y rabia.

—Porque hace dos semanas escuché al doctor decir que una persona puede morirse despacio sin que parezca que nadie la mató. Y porque pensé en mi esposo. Lo enterré hace once años. Lo vi irse de verdad. No me gustó imaginar que a usted lo iban a enterrar sin saber siquiera quién le apagó la luz.

La sinceridad de aquella respuesta le atravesó el pecho.

No era lealtad.

No exactamente.

Era algo más limpio.

Una negativa a ser cómplice.

—Ven conmigo —dijo de pronto.

Marta casi sonrió, pero fue una sonrisa triste.

—No. Si desaparezco ahora mismo, sabrán que usted lo oyó todo. Yo me quedo. Limpio. Espero. Les hago creer que usted nunca llegó o que salió otra vez. Lo suficiente para darle tiempo.

Ricardo la miró horrorizado.

—Eso es dejarlos contigo.

—Ya estoy con ellos —respondió, y en esa frase había años enteros—. Lo nuevo es que ahora usted sabe.

No supo discutirle.

No había manera.

A lo lejos se escuchó una puerta cerrándose en la planta alta.

Elena.

O Julián.

El tiempo se había terminado.

Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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