Su nacimiento fue el primer momento de paz que sentí en semanas. El dolor del parto, la ansiedad de la maternidad inminente, la abrumadora sensación de amor y responsabilidad… todo eso me dio algo en lo que concentrarme. Yo ya no era Claire, la mujer despreciada. Era la madre de Lily, y esa era la única identidad que importaba ahora.
La habitación del hospital estaba en silencio aquella primera noche; el único sonido era el ritmo suave y constante de la respiración de Lily. Era perfecta en todos los sentidos: pequeña, delicada y completamente dependiente de mí. No estaba preparada para la inmensa oleada de amor que sentí por ella, ni para la forma en que sus diminutos dedos se enredaron en los míos, aferrándose como si supiera exactamente lo que yo necesitaba.
El mundo siguió girando después de que me alejé de Ethan, pero durante ese momento todo lo demás se desvaneció. Solo éramos Lily y yo.
Pero la realidad no tardó en imponerse.
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