Mi voz resonó, cortando la ceremonia como un cuchillo.
Cien cabezas se volvieron hacia mí. Ethan parpadeó, confundido, y su sonrisa vaciló.
“¿Qué?”, preguntó, con la voz temblorosa de incredulidad.
Le quité el micrófono al oficiante, que estaba atónito. Me temblaban los dedos, pero lo sostuve con firmeza, obligando a mi voz a sonar clara, aunque el corazón se me estuviera rompiendo.
“No puedes estar aquí de pie y mentirme delante de todos”, dije.
La sala quedó en silencio.
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