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La enfermera Clara se paró a mi lado, la misma enfermera que había revisado mi pulsera antes de la cirugía. Su cabello gris estaba apretado, pero un rizo había escapado cerca de su sien. Sus ojos estaban mojados.
Eso me asustó más que el dolor.
“¿Soy…” Mi garganta se sentía como papel de lija. “¿Estoy muerto?”
Su boca tembló en una sonrisa.
—No, cariño. Estás muy vivo”.
Viva.
La palabra rompió algo abierto en mí.
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