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“*Ex* cuñada,” corrigió Patricia.
Se fueron dejándome con los papeles sobre la mesa. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, abrazada al cojín del sofá donde mamá Lucía se sentaba a tejer mientras yo cocinaba.
Durante dos semanas llamé abogados. Todos me dijeron lo mismo: sin un documento que probara el acuerdo con mamá Lucía, la ley estaba de su lado.
Al día veintiocho, Ramiro volvió a tocar.
“Se acaba el tiempo.”
“Lo sé,” dije. Pero esta vez no lloré. “Tengo una pregunta.”
“¿Cuál?”
“Legalmente, el terreno es suyo. Pero ¿qué dice la ley sobre la casa? Sobre *mi* casa.”
“Que es nuestra también.”
“Exactamente,” sonreí por primera vez en semanas. “Es suya. Pero también fue mía. Y yo tengo todos los recibos que prueban que *yo* la pagué.”
“¿Y?”
“Que si no es mía, tampoco será suya.”
Me miró confundido.
Al día siguiente, llegué con la excavadora.
“¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!” Ramiro salió corriendo de su camioneta. “¡ESTÁS LOCA!”
“Probablemente,” admití, mientras el operador calentaba la máquina. “Pero sabes qué, *cuñado*. Si no puedo tener la casa donde fui feliz con Roberto, donde mamá Lucía me enseñó a hacer sus tamales, donde lloré y reí y construí una vida… entonces nadie la tendrá.”
“¡No puedes destruir la casa! ¡Está en nuestro terreno!”
Saqué otro fajo de papeles.
“Mis abogados dicen que sí puedo. Ustedes son dueños del terreno, pero yo pagué la construcción. Y si decido demoler lo que yo pagué *antes* de que se cumpla el plazo de desocupación…” me encogí de hombros, “es completamente legal.”
Patricia llegó corriendo.
“¡Ramiro! ¿Qué pasa?”
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