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La puerta cerrada
Corrí a toda velocidad por la cocina, salí por la puerta trasera y crucé el patio hacia el cobertizo independiente que mi padre usaba para guardar herramientas.
Entonces lo vi.
Un candado.
Por fuera.
Por un momento me quedé sin aliento.
—¡Ava! —grité, golpeando la puerta—. ¡Ava, cariño, ábreme!
Al principio no hubo respuesta.
Entonces lo oí.
Un leve rasguño desde dentro.
Me temblaban las manos.
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