²
—Sí. —Su voz tembló de rabia—. La enfrenté. Confesó que debía dinero, que la amenazaban. Y cuando le dije que me iba a divorciar y que te iba a proteger… se volvió loca. Me empujó por la barandilla.
Me tapé la boca. El café se volvió distante, como si la vida estuviera detrás de un vidrio.
—¿Cómo… sobreviviste?
Elías respiró hondo.
—Las olas me arrastraron a unas rocas. Me golpeé la cabeza. Perdí la memoria. Una pareja de pescadores, don Mauro y doña Isabela, me encontró. Viví con ellos dos años. Trabajé. Pesqué. Era otro. Hasta que un día vi pasar un yate… y todo regresó. Me acordé de tu cara. Y supe que tenía que volver.
Me miró fijo.
—Mamá, Valentina sigue intentando matarte. No le digas nada. Necesitamos pruebas.
Sacó un frasquito de vidrio.
—Esta noche recibe el té, sonríe, pero no tomes. Guarda una muestra aquí. Vamos a analizarlo.
Volví a casa sintiendo que la mansión era una jaula con trampas. Valentina me recibió con su sonrisa de siempre.
—¿La pasó bien, mamá?
—Sí, hija. —Mentí sin pestañear.
Esa noche, cuando me llevó la taza de manzanilla, el aroma me supo a muerte.
—Aquí está su té.
—Gracias, mi amor. —Dije “mi amor” y me dio asco el propio sonido.
ADVERTISEMENT