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Mateo estaba allí de pie en la codiciada primera fila, luciendo un aspecto impecable, insultantemente triunfante y altivo. A su lado, estrechando su brazo con orgullosa posesión territorial, se encontraba Valeria, luciendo una repulsiva sonrisa de superioridad y un gigantesco anillo de compromiso plagado de diamantes que destellaba bajo las luces artificiales con la hiriente insolencia de la riqueza robada y manchada de sangre inocente.
Sus miradas se cruzaron a través de la densa atmósfera de la sala de vistas por una brevísima e intensa fracción de segundo. En los ojos enrojecidos e hinchados de ella había un inabarcable y turbulento océano de dolor, una súplica muda y desesperada a la misericordia divina, el ruego
desgarrador de una madre soltera que iba a parir en el más oscuro cautiverio por unos crueles pecados terrenales que no le correspondían en absoluto. en los ojos oscuros y calculadores de él.
Por el contrario, no habitaba absolutamente nada, ni una minúscula pisca de sano remordimiento, ni un miserable y cristiano ápice de compasión o humanidad elemental. Tan solo brillaba con fuerza el alivio cobarde, vil y egoísta, de quien se ha librado de la orca en el último minuto, pateando sin piedad el taburete bajo los pies de otra persona inocente.
Le sostuvo la mirada a la mujer destruida con una frialdad verdaderamente glacial, impropia de un ser vivo. dio media vuelta con absoluto e insultante de esparpajo y abandonó la sala del juzgado a paso firme, dejándola atrás para siempre, lista y sentenciada, para regresar en un
furgón blindado a la cruda, gélida y solitaria oscuridad de aquella celda húmeda, donde ahora, bajo la pálida luz de la luna, la justicia implacable y divina empezaba a tomar nota rigurosa de cada una de sus lágrimas derramadas.
El implacable y seco eco del mazo del magistrado aún reverberaba en los tímpanos de Isabela cuando el furgón policial la devolvió entre sacudidas violentas a las gélidas entrañas de la prisión provincial.
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