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El Dr. Robert Wright había pasado treinta y dos años dominando el arte de mantener la calma. Se había mantenido firme junto a madres asustadas, padres abrumados y recién nacidos que llegaban demasiado pronto, demasiado silenciosos o demasiado frágiles. La gente confiaba en él porque nunca temblaba, nunca entraba en pánico y nunca dejaba que el miedo en la habitación se volviera suyo. Pero en la Sala de Partos Número Cuatro, con la luz gris del invierno presionando contra los ventanales, Robert miró al recién nacido en brazos de la enfermera y sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

El bebé era diminuto, enfadado con el frío, sus pequeños puños enrollados cerca de sus mejillas. El cabello oscuro y húmedo se le pegaba a la cabeza. Justo debajo de su clavícula izquierda, donde la manta se había corrido, tenía una mancha de nacimiento con forma de media luna rota —pálida en los bordes, más oscura en el centro, como una pequeña luna partida por una sombra. Por un instante imposible, Robert ya no estaba en el hospital. Estaba décadas atrás, sosteniendo a otro recién nacido con la misma marca en el mismo lugar. Un niño que había desaparecido. Un niño que había creído perdido para siempre.
—¿Doctor? —preguntó la enfermera.
Joanna notó su reacción. Agotada por el parto, con el cuerpo aún tembloroso, levantó la cabeza con la aguda percepción que solo tiene una madre primeriza.
—¿Pasa algo malo? —susurró.
Robert abrió la boca, pero no le salieron las palabras. Se secó los ojos rápidamente, como si estuviera avergonzado, y metió la mano temblorosa en el bolsillo de su bata.
—No le pasa nada malo al bebé —dijo por fin, aunque su voz sonaba frágil.
Los ojos de Joanna se entrecerraron.
—Entonces, ¿por qué llora?
Robert volvió a mirar la historia clínica de Joanna. Joanna Ellis. Veintiocho años. Sin contacto de emergencia. Sin cónyuge registrado. Padre del niño: no especificado.
—¿Puedo preguntarle? —dijo Robert con cuidado—. ¿Cuál es el nombre del padre?
Los dedos de Joanna se aferraron a las sábanas. Llevaba siete meses enseñándose a no reaccionar ante ese nombre.
—¿Por qué?
—Porque necesito saberlo.