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La lluvia en el valle no caía; flotaba, un manto frío y gris que se aferraba a las piedras irregulares de la finca ancestral. Dentro de la casa, el aire olía a incienso rancio y al sabor metálico de la plata sin lavar. Zainab estaba sentada en un rincón del salón, su mundo un tapiz de texturas y ecos. Conocía el crujido preciso de las tablas del suelo que anunciaba la llegada de su padre: un golpe seco y rítmico que cargaba con el peso de un hombre que veía su propio linaje como un monumento en ruinas.
Tenía veintiún años y, a ojos de su padre, Malik, era un ser roto. Para él, su ceguera no era una discapacidad; era una afrenta divina, una mancha en la inmaculada reputación de una familia que valoraba la estética y el estatus social. Sus hermanas, Aminah y Laila, eran las estatuas doradas de su galería: miradas penetrantes y lenguas afiladas. Zainab era simplemente la sombra que ellas proyectaban.
El gancho no llegó con una palabra, sino con un aroma: el olor penetrante y terroso de las calles que se introducía en la casa aséptica.
—Levántate, “cosa” —la voz de su padre sonaba áspera. Nunca la llamaba por su nombre. Nombrar una cosa era reconocer su alma.
Zainab se levantó, deslizando los dedos por el ribete de terciopelo del sillón. Sintió una presencia en la habitación: un olor a humo de leña, tabaco barato y el ozono de una tormenta inminente.
—La mezquita tiene muchas bocas que alimentar —dijo Malik, con un tono de voz que denotaba una cruel mezcla de alivio—. Una de ellas ha accedido a acogerte. Te casas mañana. Con un mendigo. Una carga ciega para un hombre destrozado. Una simetría perfecta, ¿no crees?
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