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Levanté la mirada.
—¿Y la policía?
—Sin pruebas claras, la Fiscalía no moverá un dedo. Y Rodrigo tiene abogados que conocen cada resquicio de la ley. Si lo denuncio sin más, me hundirá a mí también. Dirán que yo firmé, que yo autoricé.
Se me encogió el estómago.
—¿Qué tiene que ver conmigo? —pregunté.
Alejandro me observó fijamente.
—Para el mundo, tú desapareciste después del divorcio —dijo—. Rodrigo y Camila se encargaron de difundir la idea de que te habías ido a Houston, luego a Sudamérica… Cada vez que alguien preguntaba por ti, cambiaban la versión. Hasta que todos dejaron de preguntar. Nadie sabe dónde estás. Nadie te espera.
Sentí una punzada al imaginar sus voces contando esas historias sobre mi “nueva vida”.
—Quiero que vuelvas a sus vidas —dijo Alejandro, despacio—, pero no como Sofía, la exmujer arruinada. Quiero que entres en su casa sin que sepan quién eres. Que trabajes para ellos. Que escuches. Que mires. Que consigas lo que yo, desde fuera, no puedo.
Solté una carcajada incrédula.
—¿Quieres que sea… qué? ¿Su empleada doméstica? ¿Su espía?
—Llámalo como quieras —respondió—. Puedo arreglarlo con la agencia que administra el servicio doméstico que usan. Con un nombre falso, un acento distinto, el pelo cambiado, papeles nuevos… Dos años en la calle te han cambiado más de lo que crees.
Mi mano voló instintivamente a mi pelo, ahora corto y sin brillo, lejos de la melena cuidada de antes.
—¿Y a cambio? —pregunté—. ¿Qué gano yo?
Alejandro no dudó.
—Un techo. Dinero. Una nueva identidad, legal. Y si todo sale bien… —sus ojos se clavaron en los míos— me aseguraré de que Rodrigo y Camila no vuelvan a tocar ni un peso de lo mío. Y de lo que sea mío, una parte será tuya.
Afuera, las luces del Periférico se desdibujaban en líneas doradas. Dentro del coche, el silencio pesaba.
—¿Quieres que me vengue de ellos contigo? —dije al fin.
Alejandro respiró hondo.
—Quiero la verdad —contestó—. Y si la verdad los destruye, que así sea.
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